viernes, 8 de febrero de 2013

El Templo de la Ilusión

PRIMERA PARTE

"Mejor una cruel verdad que una cómoda ilusión." - Edward Paul Abbey

Con el sufrimiento de una luz cegadora, despertó. Una punzada dolor le vino a la cabeza y se intentó reincorporar.
Se encontraba al fondo de un callejón de una sola salida, hacia una calle peatonal. No sabía que hacía allí, en aquel lugar de mala muerte tirado y lo que mucho menos esperaba era haber despertado con su traje aun puesto y su querido maletín a su lado. No comprendía absolutamente nada, aunque tampoco le interesaba...lo único que quería en ese momento era salir de allí.
A paso rápido, se fue alejando mientras recibía miradas acusativas de los pocos viandantes que recorrían las calles en aquellas horas. No le gustaba aquello, y no pudo evitar acelerar por el nerviosismo que le causaba la situación.
Al poco tiempo, el dolor se acrecentó levemente, y sintió la necesidad de acercarse al bar que se encuentraba frente a él, La Tarde, para tomar algo que lo calmara.
Entró en el local casi vacío, y se acercó a la camarera que en ese momento se encontraba de pie frente a la barra mirando al exterior por la cristalera:
+ Buenos días señor...
- Buenos días, ¿podría servirme una infusión por favor?
+ Bien, deme el dinero. - se dio cuenta de que el único dinero que llevaba estaba en el maletín, pero no podía abrirlo allí, llamaría demasiado la atención tanto dinero concentrado. La molestia tendría que esperar un poco más. - ¿Tiene dinero señor?
- No, lo siento; se me habrá olvidado en casa...
Así pués, salió de allí sin haber conseguido nada. El sol se estaba poniendo y el aire comenzaba a helar. La avenida ahora se llenaba de gente, y su camino parecía llevar a lugares cada vez más desolados por la pobreza en vez del lugar al que quería volver...su hogar...donde le esperaban sus hijos y su esposa, una comida caliente, y donde por fin se encontraría seguro.
Los edificios ahora eran casas bajas, viejas, con las fachadas descorchadas.
La desconfianza del hombre ante el gentío se intensificaba conforme las miradas furtivas hacia su tesoro aumentaban. Era incapaz de soportar la envidia del pueblo llano, pero ya fuera por esto o más bien el miedo a la envidia de la multitud, él apretó con fuerza el maletín contra su pecho.
Fue pues cuando vio entre la gente otro bar, El Ocaso. Esta vez aprovecharía su buen vestir para pedir la infusión con una deuda como pago, y finalmente, también le serviría como refugio donde descargar un poco la tensión.
Corrió la máximo posible, y pasó hacia el interior del establecimiento. Todas las mesas estaban ocupadas y hasta su entrada todos charlaban tranquilamente, entonces giraron sus cabezas bruscamente hacia él, observándolo con desprecio.
Un escalofrío recorrió su cuerpo, y la tensión ya aplastaba sus nervios...¿Qué diablos pasaba con él?¿Tal era la envidia que le tenían?...No aguantaba una circunstancia así.... quería salir de allí pasase lo que pasase...
Abrió la puerta y salió tal como entró, con la sensación en la cabeza de que iba a estallar.
La penumbra ahora gobernaba las calles, el sol había fallecido desplomándose sobre el horizonte...pero las calles ahora se encontraban abarrotadas.
Tenía que ser una pesadilla. ¿Qué hacían a esas horas tanta gente fuera de sus casas... para observarle? Tenía que ser una broma, desde luego. Seguramente uno de sus clientes con un sentido del humor bastante crudo se le había ocurrido esa genial idea.
Fuera una broma o no, ya estaba harto, él era lo suficientemente fuerte para salir de allí....y los demás lo pagarían.
Corrió por la acera, como si su vida dependiese de ello. Ahora la multitud lo observaba con una sonrisa enfermiza hacia su maletín, pero se mantenían inmóviles.
Las lágrimas saltaban al aire, el tormento se alzaba por encima de cualquier dolor físico.
Finalmente, llegó a un último bar, La Noche. Todos le esperaban en el interior. No tenía escapatoria alguna.
El terror le invadió y cayó de rodillas ante la muchedumbre que se congregaba en el lugar, observándole.
Vio que uno de los hombres que allí se encontraban se adelantó hacia él con el mismo gesto facial burlón que el resto, y agarró el maletín que tanto protegía.
Con una risa fanática empezó a forcejear para arrebatárselo. Al fantástico hombre de negocios que tanto había luchado por su empresa no le quedaban fuerzas, no podía defender lo indefendible, era absurdo luchar por algo que ya estaba perdido.
La fuerza ejercida en la lucha hizo que el maletín saliera volando por el aire, en cuyo momento el hombre en una última risa maniática desapareció, junto a toda la muchedumbre, junto a todas las mesas, sillas, luces, todo lo que diera un aspecto de vida a la taberna.
La estancia quedó vacía, apagada, con las ventanas tapiadas con tablones de madera, con un hombre tirado en el suelo desesperado y un maletín a punto de golpear con el suelo y derrumbarlo todo...

---------------------------------------------------------------------------------------------

SEGUNDA PARTE

"Perder una ilusión, hiere. Perderlas todas, mata" - José Narosky

Finalmente chocó y el alma del empresario tembló de conmoción cuando la cerradura se rompió y la tapa se abrió, dejando al descubierto su interior. 
Gateó rápidamente hacia su tesoro, y miró el contenido. Era...papel.... ¡¡eran simples papeles!!...
Agarró uno a uno, intentando leer lo que ponía en cada una de ellas bajo una leve luz proveniente de la calle que entraba por los huecos de los tablones de madera.
Su corazón se descomponía con cada frase. No podía ser verdad... no podía estar ocurriendo... esos papeles eran la verdadera realidad que él tanto había ansiado esconder bajo la capa de ilusión de su antigua vida. En ese momento se dio cuenta de que no tenía absolutamente nada. Todo el dinero y posesiones que había creído tener, habían sido embargadas por el banco hace más de medio año; aquella familia a la que esperaba encontrar en casa esperándole, no existía, pues su mujer había pedido el divorcio hace tan un solo uno; aquellos clientes que creyó tener confianza con ellos con los que compartía bromas y cervezas, en  el fondo eran estafadores que habían traicionado su amistad para hacerse con los restos de su empresa.
Se dio cuenta de que en ningún momento había llevado traje alguno, sino una ropa vieja y rasgada, llena de suciedad.
Encogió su cuerpo y sus lágrimas bañaron el suelo. Toda su vida estaba destrozada. Simplemente, no existía.
Creyó ser importante para alguien, creyó tener autoridad sobre el resto, creyó que era feliz, creyó que alguien simplemente se pararía a escucharlo. Pero estaba solo. En un mundo egoísta y reinado por el deseo individual, era inevitable que la gente aplastara al resto para escalar la montaña por encima de los cadáveres de los débiles. Él había sido el débil. Había sido traicionado por todos lados porque todos anhelan algo más que la felicidad, anhelaban el poder, anhelaban tener a la gente a sus pies.
Pero él no quedaría a lo pies de nadie, se negaba a dejarse aplastar por la conveniencia de los demás, por el deseo. Miró al fondo del maletín. Allí se encontraba su forma de escapar a ese infierno.
Agarró un revólver modelo Mágnum .357, el único que había estado a su lado hasta su final, el único que no había roto ninguna promesa.
Lentamente se dirigió al espejo que tenía delante y durante un momento miró a su reflejo, la fiel imagen de la decadencia. Llevó el arma hasta su barbilla.
En la oscuridad de la noche, solo las faroles alumbraban las calles de aquel vecindario de gente obrera, que vivían humildemente bajo su esforzado trabajo mientras que el humo surgía de las chimeneas de las casas donde descansaban satisfechos sus dueños. Aquel silencio fue interrumpido por un estallido que resonó en todo el lugar. Nadie nunca le daría importancia.
Por el cañón de su arma se escapó un mundo de condena al sufimiento al que había camuflado con la ilusión de una vida que había perdido hace tiempo.
Por el gatillo, su voluntad de vivir se había convertido en la voluntad de encontrar al otro lado un mundo ideal que lo acogiera para siempre.
El tesoro que había guardado el maletín había acabado siendo más útil que el dinero.
Todo su camino y los bares que había visitado, había sido su antiguo camino a la perdición, el paso de la inocencia a una vida destruida, el paso de la felicidad al hundimiento psicológico causado por el descubrimiento de la realidad que se escondía tras unas personas aparentemente amistosas.
A veces en su existencia, él se planteó que la vida en una sociedad así era maravillosa, pero afortunadamente para él, ya no volvería a plantearse más mentiras.