martes, 17 de marzo de 2015

El Templo de la Muerte

"El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar" - Carl Gustav Jung 

Inyecta todo tu mal en mi cuerpo inocente. - Pensó el drogadicto mientras presionaba el émbolo.
Se levantó torpemente de entre los escombros, lanzando la última jeringuilla vacía contra la pared y miró hacia uno y otro lado mientras una sonrisa enfermiza aparecía en su rostro; aquel era un edificio en ruinas que había sucumbido al olvido con el paso de los años.
Lo único que iluminaba la estancia era una leve claridad que penetraba a través del surco donde antaño hubo una ventana, de las farolas del exterior. Pero la oscuridad a él no le asustaba, ¡qué importancia tiene la luz cuando su euforia aplastaba las tinieblas de la noche!
El entusiasmo por correr y saltar le invadieron y emprendió su camino por los vestigios abandonados de la humanidad; y aunque los lamentos rompían el silencio del lugar y el hedor a vómitos y exudado inundaban el aire, aquel había sido su entorno natural desde hacía tiempo.
Así pues se adentró en las vacías y gélidas calles de un polígono industrial. Pero el frío no le importaba, ¡qué importancia tiene el frío cuando su euforia lo abrigaba!
Pronto llegó a un descampado, donde la noche lo ocultaba todo. Pero eso no era suficiente. Él conocía el lugar a la perfección, él sabía como era el lugar sin necesidad de ninguna iluminación.
Decidió adentrarse entre aquella hierba....¡era él tan magnífico!¡quería recorrer el mundo que tenía a sus pies!
A los pocos metros, gracias a su intuición, supo que en su siguiente movimiento se tropezaría con una enorme piedra que bloqueaba el paso, así que saltó hacia un lado en un ágil movimiento pero de baja precisión, haciéndole caer al suelo. Una sensación de frustración apareció en su cabeza pero rápidamente se puso en pie de un salto y continuó corriendo.
Un torrente de voces asaltaron su mente recordándole su torpeza y la rabia originada por el revés se transformó en ira... comenzó a acelerar. Las voces se convirtieron en burlas y la ira pasó a ser odio contra sí mismo.
La ciudad quedaba tras de sí, recorriendole un escalofrío a lo largo de su cuerpo que alejaba por un momento todos esos malditos chillidos envidiosos que tronaban dentro de sí.
Él era el amo de la ciudad y podía ir por donde quisiera, ¡nadie podía decirle lo que tenía que hacer a alguien como a él! Así que para demostrarlo saltó a la carretera, persiguiendo el infinito recorrido de la linea blanca que dividía por la mitad el asfalto.
El camino tendía a ascender hacia una colina, pero sus fuerzas comenzaron a desaparecer...
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...El frío y el cansancio le empezaron a hacer mella y tuvo que continuar caminando.
Su tez cambió a un tono blanquecino y su sonrisa fue menguando; poco a poco fue recuperando su consciencia y sus pasos se volvieron lentos y pesados. Comenzó a sentir náuseas, hasta acabar vomitando en el arcén de la carretera. Poco después las lágrimas cruzaban su cara y su debilidad le obligó a arrodillarse sobre la vía.
Toda su vida había pasado ante sus ojos, aplastando cualquier resquicio de felicidad.
Todos sus problemas personales, todos sus enigmas existenciales volvieron a su mente en una ola destructiva; desde una adolescencia dura y cruel, pasando por una juventud de desamor, traición y soledad hasta su adultez carente de sentido e hipócrita.
Maldijo a su madre...por su egoísta decisión de crear una vida
Maldijo a su padre...por ser tan fértil a sus veintisiete años
Pero sobretodo se maldijo a sí mismo, a aquella repugnante pedazo de mierda, ¡a aquella broma de mal gusto que nunca debió haber nacido!
Mientras otros se obsesionaban por la autosatisfacción de sus deseos, para él las drogas fueron su única vía de escape a una cruda existencia llena de sufrimiento. 
La obsesión por la propia autosatisfacción es lo que nos empuja al ser humano a un auténtico egoísmo que destruye la vida de las personas de nuestro alrededor con el fin de obtener nuestra propia felicidad. Somos un cáncer en la vida de los demás, de las personas a las que creemos querer.
Mientras todo esto pasaba por su cabeza, sintió como sus rodillas se humedecían; un riachuelo de sangre bajaba desde lo alto de la colina hasta él.
Gritos de dolor, gemidos de placer, el llanto de personas a las que él había dañado, voces que clamaban su muerte retumbaban en su cabeza al mismo tiempo que un fuerte olor a perfume emanaba de la sangre, donde su imagen quedaba reflejada en ella apareciéndose como un espectro maldito, una figura condenada al tormento.
Un alarido devastador de desesperación salió de sus labios a la misma vez que golpeaba su cabeza en un inútil intento de acallar aquella sinfonía suicida.
El frío le había entumecido sus músculos, y un diente crujía roto al rechinar con el inferior.
El Sol ya había aparecido en lo alto de la colina, pero era en aquel momento en el que sintió como la escarcha se había manifestado por su rostro. 
Levantó por un momento la mirada, y vio en la parte superior del montículo un árbol, un árbol que a través del viento le enviaba dulces y cálidos susurros que amablemente le invitaban a que se acercara. Le iba a ofrecer el Todo.
Se apoyó en sus piernas para levantarse y caminar, mientras que la sangre que anteriormente le había empapado empezaba a penetrar por todos los poros de su piel. Sus ojos, ya inexpresivos, seguían fijos en el nuevo brote de esperanza.
Finalmente alcanzó la planta, donde la carretera sorprendentemente finalizaba. Sus ojos se encendieron al ver las ramas infectadas de cadáveres colgados, y justo en la rama inferior había una soga libre, un regalo exclusivo para él.
Se arrimó al obsequio, y subido a una piedra perfectamente colocada, bajo la placentera voz de la muerte, rodeó la cuerda a su garganta y se dejó caer. Sus lamentos se apagaron en el amanecer. Un brillo de vida en una muerte eterna. Su dolor había acabado con él. Por fin, descansaba.















viernes, 6 de marzo de 2015

Lamentos

Establecía mis pasos por la orilla de la playa mientras la brisa del mar acaecía en aquella tarde de invierno acariciando mis rostro con suave sutileza y el sol permanecía oculto entre las nubes. Era uno de mis lugares perfectos, donde podía dejar escapar mis pensamientos al interminable horizonte que se encontraba a mi lado, siendo respondidos siempre con el romper del oleaje y mi propia conciencia.
A decir verdad, acudía al mar donde había disfrutado grandes momentos de mi más tierna infancia únicamente entonces para expresar mis lamentos; el lugar que había sido alguna vez símbolo de felicidad ahora se había transformado en el lugar que engullía mis lágrimas.
En los últimos tiempos de mi vida, esta se había convertido en un total desorden en el que no conseguía encontrar el camino acertado: el sendero que me llevase a hacer lo correcto para mi y para la gente de mi alrededor, el que me dirigiese a una solución a la sensación de ansiedad y tristeza que me torturaba desde lo más profundo de mis entrañas. Sabía que si no hacía nada, todo esto iba a tornarse en un círculo vicioso que acrecentaría mi dolor... me llevaría a un pozo sin fondo del cual sería imposible salir, donde me ahogaría en sus profundidades hasta quedarme sin aliento.
Era en este tipo de momentos cuando siempre el agua del mar se agitaba contra mi tobillo, se filtraba entre mis dedos, y empapaba la tierra que pisaba. Necesitaba ayuda de verdad, pero era incapaz de expresar mis sentimientos a nadie, solo yo mismo era capaz de entenderme, y en ocasiones, ni siquiera eso.
Bajé mi cintura, me incliné hacia el suelo, y mantuve mi mirada fija en dirección al océano, agarré un puñado de arena y lo sostuve durante un momento en mi puño mientras inevitablemente se esfumaba con la fuerza del aire.






¿Podía ser todo tan inhumano? ¿Cómo habían podido desvanecerse en las sombras del tiempo decenas de sentimientos de una intensidad tan enorme? ¿Podían los sueños construidos con la mayor de nuestras pasiones derruirse en tan solo unos días? ¿Podían las personas abandonar a otras e intentar no dejar rastro de su travesía compartida?
Era demasiado fácil responder a estas preguntas, solo tenía que basarme en mis propios hechos.
Aun sabiendo todo esto y sin mis sentimientos de mi lado, debía enfrentarme a las adversidades que se me presentasen y no rendirme; aunque supiese desde el fondo de mí que esta era la respuesta más irracional que podría tener, si al menos no tenía valor para matarme en aquel mismo momento, debía de intentar darle a mi travesía vital la mayor comodidad posible.
Sin embargo, aquel suplicio al que tendría que enfrentar, lo tendría que hacer cientos de veces más a lo largo de mi existencia... no había certeza alguna sobre si el próximo tormento al que debería enfrentarme sería aquel que me condenase a un sufrimiento sin fin.

De alguna forma sabía que debía buscar mi felicidad fuese como fuese.