sábado, 23 de enero de 2016

Aquello que por siempre permanece

Un día más el sol salió por el horizonte y comenzaba a escucharse el graznido de las aves, los animales salían de sus escondrijos y las flores se abrían de par en par para recibir toda la claridad de la mañana; pero un hombre permanecía desnudo e inquieto, de cuclillas en medio de aquel campo primaveral.
Su rostro de figura cadavérica y ojos apagados dirigían la atención hacia el suelo, mientras que con sus manos palpaba cada segmento de su desnutrida caja torácica dándose pellizcos en la piel buscando alguna pizca de masa corporal. No era casualidad que una vez más cerca de él, me diese cuenta que sus lágrimas se deslizaban por su faz hasta llegar a sus labios, que nerviosos, se movían y pronunciaban suaves palabras de desesperación enfermiza, palabras de anhelo sobre aquello que siempre quiso tener... un cuerpo perfecto.
Me acerqué a él, y le intenté consolar con palabras dulces y de serenidad intentando incluso utilizar gestos afectivos como apoyar mi mano en su hombro para transmitirle confianza, pero la conversación no comenzó según esperaba:

+ Déjame... déjame solo por favor. - emitió amargamente el personaje afligido.

- Mire señor, le he visto en medio de todo esto y de esta forma, y quería decirle que...

+ Otra vez vienes... otra vez vienes a intentar repetirme lo mismo que hiciste siempre, intentar callarme, pero sabes que no puedes hacerlo. Algún día asumirás que no sirve de nada que aguantes... que caerás otra vez, por lo menos.

- Lo siento... pero si quiere podemos hablar tranquilamente ¿vale?, intente tranquilizarse.

+ No sabes lo que eres, ni lo que quieres, ni como piensas, ni como no piensas en lo que deberías pensar. ¿Alguna vez te has mirado al espejo y te has visto mal? ¿Cuántas veces te han humillado por tu aspecto? ¿Cuántas veces te has arrepentido de haber nacido con ese físico? ¿con esa cara? ¿con esa grasa que se esconde debajo de tu piel? ¿Eh, gordo?

- Creo que usted no se encuentra bien. Parece evidente que es mejor que me vaya... no entiendo bien por qué me he acercado a usted.

+ ¡Sí que lo sabes! ¡Mírame a la cara pedazo de sebo! - vociferó girando su cara hacia mi.- Nunca, ¡nunca te olvides de mi y de mis palabras! ¡Nunca olvides quien fui para ti! Siempre he estado dentro de ti y por siempre lo estaré.

Aquel individuo tenía mi rostro... me costó reconocerlo pero era él... ¿yo? No cabía duda de que compartía mis rasgos en una especie de esperpéntica parodia de mi mismo.

De alguna forma lo recordaba, recordaba a ese mal chiste. Él había sido aquel que había sido dueño de mis pensamientos tiempo atrás, quien había tirado por tierra todos mis sueños, deseos, perspectivas, quien había destruido todas y cada una de mis esperanzas. Quien una vez, acabó conmigo.

Y lo volvió a hacer.

Con una navaja que guardaba bajo uno de sus pies, se lanzó hacia mí lanzando arcos de movimiento sobre mi cuello, abriendo un amplio surco... apagando mis últimas palabras, ahogando mi último suspiro, bañando la soleada primavera con mi sangre hasta que mis ojos se apagaron. Fue entonces cuando la noche se hizo, el frío viento llegó al prado y el hombre anémico comenzó a caminar sobre la hierba. 

Nuevamente, después de años, mi dolor y mis lamentos se superpusieron al sonido del viento en la pradera.