Se despertó con el brillo blanco que iluminaba la habitación.
Pesadamente, levantó la cabeza.... aquel lugar era muy extraño... un lugar perfectamente distribuido, acolchado por todos lados, entretanto sus brazos permanecían inmovilizados bajo una camisa de fuerza. En un vano intento, pataleó como pudo e intento estirar sus extremidades para que fluyera la sangre.
Aun no conocía el por qué de haber sido encerrado allí...no recordaba lo que había acontecido en las últimas horas y carecía del poder para pensar en aquel momento sobre ello con fluidez.
Deseaba escuchar algo en aquellos instantes, alguien que le informara... deseaba escuchar vida... pero allí solo se escuchaban sus propios latidos, y de forma tan leve a su conciencia... no era capaz de entenderlo.
Contrajo la rodilla mientras apoyaba su espalda en la pared y con la fuerza que pudo sustraer de sí mismo, se puso en pie con desequilibrio y se dirigió a la puerta que se anteponía justo delante de él. Golpeó y grito pretendiendo ser escuchado. Sabía que alguien tendría que estar ahí fuera, que sus chillidos penetrarían cualquier muro que se encontrase de intermediario, pero no consiguió nada.
Pasaron las horas y nadie atendía a su desesperación, hasta que en un buen momento se abrieron las puertas de la sala. Dos hombres vestidos de blanco entraron. Uno de ellos se lanzó primero hacia él, sujetándole las extremidades mientras el otro le atravesaba con una aguja uno de los antebrazos.
Sus ojos se cerraron... para volver a abrirse.... una y otra vez... una y otra vez gritaba y gritaba, violaba sus cuerdas vocales con tal de conseguir la atención que necesitaba para sufrir una y otra vez la misma secuencia de imágenes hasta volver a cerrar los ojos, hasta regresar al sueño profundo provocado por el sedante.
Aquel ser humano nunca más volvería a ver la luz, nunca más volvería a sentir la atención de alguien quien le apreciase, pues nadie nunca querria ver a aquel enfermo mental fuera de aquel lugar, abandonado en la oscuridad de una sala aplacado por los tranquilizantes. Como aquellos sentimientos que nos devoran en nuestro interior, los aplastamos en el olvido. Como aquellos pensamientos que no tienen cabida en nuestro mundo, los intentamos dejar de lado, los silenciamos. Como la vida misma, la sedamos, maquillamos el dolor de nuestra existencia con pequeños elementos que nos hacen sonreír inevitablemente, al menos, durante un breve periodo de tiempo.